viernes, 24 de junio de 2016
Poe
Me duele la cabeza desde hace meses. Meses que se transformaron en años. Años que se convirtieron en recuerdos. Debo haber nacido con migraña; del vientre al mundo con las sienes echando humo. Qué suerte. ¿No? Mierda, es tarde..., ya estoy acá. De modo que en el último tiempo todo empeoró, no sé bien qué tipo de alien tengo dentro, pero estoy en plan de averiguarlo. Poe -gato de mi madre- cada vez que percibe mi acercamiento al comedor, se trepa frenéticamente en la heladera; para estar a mi altura, y así, poder tocarme, restregarse o incluso hablarme. Yo lo escucho todas las noches, por supuesto. ¿Qué tipo de gato no le habla a otro gato? Habría que ser un eunuco bien hijo de puta; de esos gordos vagos que vigilan histéricamente el patio donde viven; como si fuera su más preciado templo y todo dulce intruso, un enemigo mortal que debe ser ajusticiado inmediatamente. Me acuerdo de Arévalo, se trata de mi gato más añejo; él vive en el patio y es uno de esos gordos vigilantes de mala cara. "Si yo no puedo estar con esa gata, nadie lo estará", piensa, y se pelea justo igual a los estúpidos animales de dos patas que suponen predominar. ¡Increíble!
Volviendo al tema de Poe, precisamente, lo que más admiro de él, es su ronroneo; audaz, jóven, solemne, incansable y vertiginoso. De pronto la sonoridad se filtra en mi cabeza defectuosa, como el golpe explosivo de cualquier droga, y mis oídos, despojados del terrible dolor que sacude a los muros de arriba, celebran el sonido natural más hermoso de la creación y de momento el dolor ya no es tan doloroso. Y las luces del norte, cegadoras y penetrantes, no son tan brillantes como solían ser. El amor más puro, traducido en caricias guturales, componen la mansa sinfonía de mi eterna jaqueca.
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