viernes, 24 de junio de 2016
Pistolero sin arma
Estaba caminando entre tinieblas, atravesando calles solitarias y avenidas alborotadas, tan inocentemente en "pelotulandia", mi universo personal; susurrando canciones pegadizas y pensando historias increíbles que algún día me gustaría escribir, desarrollar y llevar a la pantalla grande; dominar al mundo, ser rey y morir como tal. Deambulaba justo por detrás del Coto Lanús, cuando noté de pronto que dos individuos venían en mi dirección, a chocar claramente conmigo; caminaban juntos, pero separados por un metro; era obvio, y más allá de tener "calle", es cuestión de razonar con el bastardeado "sentido común".
Consideré, entonces, que cualquier alma cándida que se atreviera a pasar por ellos dos, sería arremetida violentamente en un enigma poco alentador. Pude haber cruzado, darme la vuelta o correr hacia ningún lado. Pero preferí continuar. ¡Qué aburrido estaba! Un poco de emoción en este burdo día de mierda, pensé, entrar en calor con unas piñas, tampoco estaba tan mal. Además, no portaba nada de valor; lo único que me preocupaba era perder mis anteojos. Seguí marchando, paso a paso; "el fiasco que se van a llevar estos dos perejiles", rebotó en mi cabeza, animándome, y mis labios se torcieron hacia arriba. Estaban cada vez más cerca, aunque todavía no lograba ver sus rostros, ocultos bajo unas gorras descoloridas y la sombra casi total de la noche.
“Dicho y hecho”, diría la tana hermosa de mi abuela; cuando me dispuse a penetrar el pasaje maldito que ofrecían aquellas hienas, me aprisionaron, haciéndome el famoso “sanguchito”; me apoyaban de una manera tremenda, y el que parecía ser el mandamás, me manoseaba los muslos en busca de algo que evidentemente no tenía. “Ameo dame el celular o te pongo”, me dijo, sugiriendo una posible arma "letal" en uno de sus bolsillos, al tiempo que seguía tocándome de la manera más homosexual posible. ¡Menuda suerte la mía! Pensé de nuevo, me tocaron dos negros putos, y encima, poco imaginativos; celulares, celulares, celulares. ¡Siempre pungueando lo mismo! No se les cae una idea ni en pedo. ¡Qué cagada! Miraba el frenético movimiento que hacía con su mano, dentro de un bolsillo que, a decir verdad, era muy diminuto, y creí que era totalmente improbable que tuviera algo que pudiera lastimarme. Imaginé que sostenía un soldadito de plástico verde, esos genéricos que se vendían en los 90's, y casi me río; verdugo en una locura ajena. Ya era demasiado. “Flaco”, le dije, “no tengo nada, ¿no ves que estoy yendo a correr al parque? Lo cual era muy notorio, ya que estaba vestido muy precariamente y tenía puesto botines de fútbol. Proseguí a sacar los únicos dos ítems que tenía en el bolsillo de la campera: se trataban de un minúsculo rollo de papel higiénico, arrugado y triste, que siempre llevo conmigo por si se me caen las velas en el camino. Por otro lado, tenía las llaves de mi casa, que de nada servían; ni siquiera tienen un llavero pungueable; un aro metálico y nada más. La cucaracha me miraba incrédula, masticando su propio veneno, y me dijo: “bueno, tomatelás, dale, dale”.
Y me fui, pero conste que me las tomé porque YO quise. (?)
Son tan pelotudos que no pueden discernir entre un gil robable y uno que no insinúa absolutamente nada. Los patrulleros pasan a cada rato; las luces azules rebotan incluso en las hojas más opacas de los árboles. ¿Hacen algo productivo? No, por supuesto que no, los pitufos están pintados; se limitan a comer pizza y a fumar porro. ¡INÚTILES!
Finalmente, a la vuelta estornudé y utilicé aquél papel higiénico tan maltratado, protagonista y personificación de la miseria que me roe las veces que voy a hacer algo de ejercicio. Dentro, ya en la pista, había más tipos con calzas. ¡Carajo! Me pregunté si era posible desarrollar una vida medianamente saludable sin pisar la calle, nunca más. Resolví que no, a menos que...
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