viernes, 24 de junio de 2016
Parecés una mina
En el centro de la pista circular, había un cúmulo de personas haciendo ejercicio; algunos practicaban flexiones, otros tantos, apenas elongaban y se disponían a entrar en calor rápidamente, para proseguir con la rutina consecuente. Pasé varias veces por el mismo sector, arrastrándome desdeñoso o, incluso, haciendo caso omiso al murmullo universal de esta tierra que nada interesante tiene para decirme. Sin embargo, en un momento escuché el estruendo de una voz: ¡DALE! ¡PARECÉS UNA MINA! Giré y vi a un cincuentón, calvo y con mala cara; tenía las manos cruzadas encima de un abdomen hinchado que parecía estar librado a la lujuria culinaria desde toda la vida. Seguía gritándole a aquél hombre, que permanecía tendido sobre el suelo, intentando levantar el peso de su cuerpo con los brazos; en un combo de flexiones muy sufridas y lerdas. ¿Cómo era posible? Imaginé que el despertador lo pone en sintonía junto con el alba; de la cama al baño, del baño al comedor, del comedor al trabajo, del trabajo al banco, del banco al supermercado, del supermercado de vuelta a casa, y de la casa al parque; donde sigue rompiéndose el lomo y recibe los gritos de un personaje que hace las veces de entrenador personal. Tal vez de eso se trate: gritame, puteame, ofendeme con todo lo que tengas, dame ánimos intensos para que pueda terminar mi puta rutina; al igual que Apollo Creed, cuando entrena a Rocky ante la adversidad y la desesperanza total: ¡NO PAIN! ¡NO PAIN! Los músculos se queman, los dientes rechinan, ya nada importa; sólo el instinto salvaje por superarse.
El panzón me recordó ligeramente al sargento Hartman, de la película “Full Metal Jacket”; tenía la misma postura, el mismo cólera injustificado en sus ojos y una lengua voraz, capaz de acapararlo todo, como a Stanley Kubrick le hubiera gustado que hablase. Un militar frustrado, pensé, o algo así; no pudo coronarse en la milicia y desahoga su frustración en una alternativa denostada por el marcado contraste. ¡La vida es tan loca, multifacética, vueltera, grotesca e irónica! Siempre queda algún resquicio en el fondo del tarro: ¿querés ser juez pero te da pereza hacer una carrera, donde tenés que leerte la vida? Bueno, no te desesperes, podés ser árbitro de fútbol, leyendo mucho menos; con la única salvedad de que te van a putear miles de personas todos los fines de semana. ¿Tu sueño es ser un artista, pero creés no tener talento y además te gana la vagancia como para intentarlo? Bien, podés ser crítico, o, mejor aún, crítico de crítico. ¡Mirá este hijo de puta lo que escribió de la nueva de Tarantino! Le voy a mandar un correo electrónico al concha de su madre, para comunicarle que lo odio, aunque no lo conozca. Y así se puede seguir por siempre.
¡DALE! ¡PARECÉS UNA MINA! ¡UNA MINA…! MINA… ¿Por qué? No estoy de acuerdo con ese signo de debilidad, las dos personas más fuertes que conocí en la vida, probablemente sean mi madre y abuela. Supongo que su concepto se debe basar en una cuestión de gen y no de género, aunque me deja severas dudas al respecto.
Ya se habían ido casi todos, incluyendo al panzón y su séquito de atletas. Yo estaba cansado, el cuerpo me pesaba y el frío ya me había helado los pulmones. Pero seguí, recordando a Rocky, Apollo, al sargento Hartman y a este perezoso entrenador, gritando acaloradamente en el medio de la pista, que estaba ya vacía. ¡PARECÉS UNA MINA! Repiqueteó en mi cabeza, similar al irrisorio canto de un grillo. Ah, ¿sí? ¿Dentro de tu endeble y cavernario razonamiento soy tan débil como una “mina”? Apreté los dientes, lo imaginé viéndome con las manos cruzadas sobre su obsceno vientre, sonriendo tétricamente, y corrí como un mohicano en su más preciada batalla; en esa décimo cuarta vuelta gloriosa, donde la oscuridad de la noche me brindaba todo su mágico temple, sentí un pinchazo en la pierna izquierda, como en mis días de fútbol, y volví a mi hogar; cuasi rengueando. ¡Pelado hijo de la grandísima puta! Pensé.
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