viernes, 24 de junio de 2016
Mañana fría
Miré por la ventanilla, que todavía no acababa de empañarse debido a la cálida respiración de los viajeros. Y lo vi, a través de unas manchas difusas que se iban esparciendo a lo largo y ancho del vidrio húmedo; pronto no se vería nada, pensé, o muy poco, llegado el momento. Luego, el colectivo reanudó el recorrido, lentamente; enfilando hacia el noroeste. Era Abilio, el vagabundo, leyenda del barrio de Lanús y cacique desdichado de estas calles sucias; estaba situado sobre la vereda, cercano a un cantero desmoronado que apilaba sus escasas pertenencias; provisto el pobre de bultos oscuros y latas oxidadas y tuppers con alimento recolectado durante el día anterior. Entonces percibí, eludiendo el estrato difuminado, que daba pequeños saltos y movía los brazos de arriba hacia abajo, como si fuera un pingüino solitario sumido en plena actividad física. Imaginé que ése era su método más eficaz para mitigar el rigor del clima: danzar en el frío copioso, a veces lancinante, para no quedar petrificado en el solsticio del viento y ser otra estatua más. Lo sorprendente es que su rostro, envejecido por las penalidades de la vida, era iluminado por una sonrisa implacable, moderada, pero firme; relucía dos colmillos y unas encías hinchadas y viscosas, era hermoso: penuria y oposición, bramado a la baldosa del morador, oculto entre sábanas calientes y paredes prolijamente pintadas. Su luz me contagió de tal trascendencia, que yo también sonreí sin ninguna razón que antecediese a su mueca y espíritu, tan inconscientemente boyante. Me sentí, de pronto, un miserable de poca monta; comprendí que mi perdición en el mundo cobraba otro significado y otro valor. Hay, irremediablemente, variables y subjetivas maneras de estar jodido, confundido y destrozado. En colación con respecto a esto último, aclaro por si hace falta, que cuando vine al mundo, él ya se encontraba aquí, en estas mismas tierras, probablemente desde un tiempo muy distante. Y, tengo la extraña sensación, de que también estará aquí cuando mi rebeldía quede enmudecida bajo el manto de la muerte. Su edad yace en un misterio humilde, al igual que su origen y naturaleza; nada, o muy poco, se conoce de su historia prematura. E aquí algo que no he mencionado y que, a esta altura del relato, creo relevante acentuar: Abilio, además de calificar en la indigencia con grandes atributos, está loco, loco de atar; perdido, neblinoso, como muchos otros en la selva enmarañada de la conciencia. Hay muchas teorías que justifican por qué está como está, pero ninguna verosímil, o que venga al caso, realmente; es una sucesión de crónicas sin escrúpulos. Bueno, sólo me detendré en una, al menos, contaré lo que sé de ella, puesto que figura ser la más rocambolesca de todas: el mito indica que en su juventud practicaba brujería, manía compulsiva que lo arrimó lentamente hacia los canturreos de la locura, hasta perderlo todo; familia, amigos, hogar, e incluso, la propia razón. En efecto, se trata de un loco inofensivo, víctima de un sistema incapaz de cobijarlo debidamente, que vive de la bondad de los vecinos y de lo que el azar le pueda brindar en su pesado andar.
Recuerdo un verano, de hace mucho tiempo, el sol meridiano ardía tanto entre unos nubarrones desvanecidos, que hacía centellear el asfalto de la calle; entregado todo a su merced, como cosecha a la lluvia, gloria del fulgor que trae solemnes bendiciones. Se veía como un valle dorado, típica imagen de un sueño rara vez soñado. Él estaba en el suelo, acurrucado bajo la sombra de un árbol con hojas de trébol; tenía consigo un cable negro, cuyas puntas estaban peladas y él rozaba entre sí, causando un inexpresivo “zip”, en concreto, no debía medir más de sesenta centímetros de longitud. “¿Qué hacés, Abilio?”, le pregunté, mientras recuperaba el aliento para volver a jugar al fútbol con mis amigos de la cuadra. ¡Qué calor hacía!, era tremebundo y no me importaba demasiado. “Estoy arreglando la luz”, me respondió, colocando la vista en lo alto, donde había un poste de luz y su cableado correspondiente; luego quitó la mirada de la cúspide y siguió chocando cuidadosamente las puntas de su cable, como si se tratase de algo extraordinario y de importancia astronómica: zip, zip, zip… Qué fantástico, pensé, él en su mundo arreglaba cosas, él en su mundo hacía lo que quería y nadie podía detenerlo o, siquiera, percibirlo: era libre; libre de impuestos, libre de desamores, libre de ajustes, libre de complejos filosóficos, libre de imbéciles y sus vástagos de soberbia injustificada, libre de toda responsabilidad mundana, libre de los medios de comunicación y el mundo entero, en definitiva, libre de todo lo que a mí me apremia con espanto. Ahora danzaba como un viejo pingüino de barrio, burlando los amaneceres helados, plagados estos, de tenebrosidad virulenta. Pero, quizás, y sólo “quizás”, en su cabeza contemple de buena manera una aventura ajena a esta triste crisis que lo persigue adondequiera que vaya, desde el día primero y, posiblemente, hasta el día último.
Tras un tiempo difícil de precisar, el colectivo recorría otras partes de la ciudad, atravesaba puentes; vías de ferrocarril, diagonales, avenidas largas, avenidas cortas, callejuelas angostas y sombrías y parques poblados tímidamente por la tertulia madrugadora. Sin embargo, ya lejos de mi punto de partida y más cerca aún de mi destino, Abilio no se movía de mis pensamientos: estaba allí su rostro, sus ojos negros e inexpresivos, moviéndose en la oscuridad, flanqueando de cuajo en los recovecos de mi fatídica memoria. Me auto convencí, de manera súbita e incongruente, que todavía seguía moviéndose, blandiendo la misma sonrisa que vi desde mi asiento, permitiéndome esquivar las manchas del empaño. ¡Entra en calor, amigo, o vuelve a casa, la montaña es alta y requiere mucho coraje y preparación física y suerte de incontables dioses de todos los milenios y de todas las dogmas conocidas por nuestra civilización! No hay remedio, ignora todo tipo de advertencias y sensatos consejos, continúa él saltando apenas y sus extremidades tiemblan con resquemor. Al fin, y ante un público dispar a su dolor, resuelve escalar; terco sin análisis, no importe qué, ni el propio mañana. Nada sabe de aquellos alpinistas expertos que fueron hallados congelados y sin piel, años después; despojados terriblemente de sus anhelos y amores ya afianzados por el ciclo del universo. En su cabeza no mora el temor, ni nada que se le asemeje un poco, sólo aventuras fantásticas que él solo puede comprender y sentir y paladear. Pienso que no por nada ha resistido tantos inviernos a la intemperie; tantos veranos, tantos golpes, tanto cambio de cultura, de gobierno, de corrupción, de hábitos, de ratas azules, de vinos en caja, de modales anacrónicos y cigarrillos baratos sin imágenes repulsivas. Si nada de esto terminó con su delirio de vida, a veces pienso que nada lo hará… Envuelto el pingüino en una maldición llamada eternidad, dentro de un bosque alocado que no escogió: podés irte cuando quieras, camarada, si la locura es tu antídoto; tu veneno y remedio.
¿Irás a mi entierro, pingüino anacoreta? No habrá un imponente mausoleo; ni pirámides, ni sarcófagos dorados, tallados con profunda maestría, ni unas telas blancas envolviendo mi cuerpo todo, ni suaves melodías de antaño, ni poemas de largo pesar. No obstante, hombre eterno, puedes con tu danza guiar mi espíritu hacia las estrellas; bebe mi vino, espanta a mis buitres, saluda a mi madre e imagina un monumento con mi nombre y jamás se lo cuentes a nadie.
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