viernes, 24 de junio de 2016

El loco


En los últimos días, terminé por descubrir que mi teléfono celular, es una de las mejores cosas que me pasó en la vida y, para que comprendan la esencia del asunto, me negaré a escatimar en los detalles vergonzosos de la citada resolución. Mi insólita admiración no se debe a sus funciones comunicacionales, fotogénicas, virtuales, ni nada que se le asemeje. Yo le doy otro uso, plenamente circunstancial. De hecho, el artefacto permanece apagado al menos quince horas diarias, lo detesto en cierto sentido; rara vez me encuentran por esa vía, incluso, es más un reloj, que un medio de comunicación. No me creerán, les juro, lo útil que realmente es.

Cuando deambulo por la calle, quizás medio malhumorado, y percibo a lo lejos que viene a mi encuentro algún plomo del barrio, del cual, no me interesa en lo más mínimo desperdiciar minutos en una charla genérica que no deviene en ningún puerto fructífero, lo saco desesperadamente del bolsillo y finjo una llamada; apenas muevo la mano elaborando una salutación ligera y paso de largo como bondi lleno en hora pico. Lo mismo cuando estoy en clase y me quiero ir a la mierda por equis razón, lo hago sonar; alzo la voz, frunzo el entrecejo, gesticulo, me sitúo delante de la ventana para que me vean y prosigo a dar pasos cortitos, de acá para allá, histérico; parezco un tipo problemático que necesita irse con urgencia. ¡Algo está muy mal, debo irme, lo lamento! Adiós.

En ocasiones, improviso discusiones conmigo mismo que son brillantes; tentándome con el afán de escribirlas en un papel, para utilizarlas en algún embrollo de mis cimientos seudocreativos. Sin embargo, siempre confío equivocadamente en mi memoria; ya que se tratan de soliloquios demasiado largos, demasiado absurdos, demasiado estúpidos. Lo olvido, me apeno un poco y luego salgo con otra historia, de símil naturaleza y desproporción mental. Cuando navego en una situación incómoda, sin halos de esperanza hacia un mundo sin tensiones, en los que no quiero ver, ni hablar con nadie, simulo escribir mensajes de texto; largos testamentos injustificados, párrafos interminables, osadas páginas vacías; cartas a la nación Argentina, bosquejos a los amores no correspondidos, manuscritos piratas para los fantasmas que duerman en el océano. La realidad yace en otro plano, mucho menos romántico y pintoresco. Lo que hago es borrar mensajes viejos o jugar a un juego de lo más primario: consiste en escribir (rápidamente, en lo posible) las palabras que figuran en pantalla, para que las bombas que caen desde el cielo exploten y pueda pasar de nivel (cada vez se desmoronan más y más rápido, una idiotez excesivamente repetitiva).
Ahora, sentado en mi silla que no para de rechinar, pienso de nuevo en aquél cuadrado negro; insípido e irritante, depositado sobre el escritorio de la computadora. Mi escape social, el símbolo total de mi liberación, mi ruin amuleto del tiempo. ¡Qué increíble aparato! Ya sabés, si una buena tarde me cruzás por la calle y ves que estoy con el teléfono pegado al oído, no me molestes, por favor, puesto que estaré atendiendo algún llamado de relevancia incalculable.

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