viernes, 24 de junio de 2016
La vida
--No, señor mío, disculpe, pero, no puedo permitirle. Que usted no me comprenda, o que no sepa interpretarme en ésta, llamémosle, “vorágine existencial”, filosofía, maneras de ser y qué se yo, no significa que esté loco. Incluso, la realidad que yo percibo, está bien lejos de esa teoría. ¿Cómo se le ocurre tamaña ofensa? ¿Qué he hecho para burlar su profusa bondad?
--Óigame, usted está bien loco, muchacho, tiene que hacerse ver. Su problema es serio, no se haga el dolido que es por su propio bien. Vaya a ver algún especialista, es el mejor consejo que puedo darle. Hágame caso, que los años además de dolores, traen a uno experiencia.
--¿Mi propio bien? Mi propio bien está en el trabajo, crecer día a día; dar lo mejor para alcanzar mi sueño y ser alguien importante en este bufé. Y usted, no entiendo exactamente por qué, me está privando de esa oportunidad.
--Bueno, mis asociados, más que yo, para serle franco.
--Claro, claro…
--Déjeme decirle que me asombra la resistencia que adopta, es un hombre aferrado a sus ideales y eso es, en opinión personal, muy valorable. Esa es una de las cualidades que ha forjado mi maravilloso presente y futuro. Pero, por otro lado, la ignorancia o, peor aún, la aceptación de su gravísimo error, de su horrendo fetiche, es reprobable y totalmente inapropiado para un bufé de estos quilates. Un hombre de moral, hecho y derecho como la ley manda, jamás haría cosa parecida. Usted es perverso, oscuramente perverso.
--¿Realmente fue así de grave? Le vuelvo a decir que los platos y cubiertos siempre fueron lavados en exceso, como cuando ceno en casa. ¡Así de aplicado soy! Y lo sabe, no he faltado al trabajo ni un solo día en la vida. ¿No recuerda cuando vine con fiebre? ¿O cuando salí antes de internación, todavía convaleciente, para terminar el papeleo de los Weinmann? Usted está haciendo de un grano de arena, un desierto de lo más triste, es insólito.
-- Sánchez, a ver si nos entendemos, pareciera que estamos observando una película completamente diferente, déjeme ponerlo en órbita. ¿Por dónde empiezo? Ah, sí, ya sé, sencillo, con el principio basta: lo descubrí en horas laborales comiendo su propio excremento. ¡Usted no come en donde defeca! ¡Come lo que defeca! ¡Y en la cocina de este mítico edificio de Buenos Aires! ¡Con nuestros tenedores y cuchillos y mi taza de la corporación! ¿¡ES CAPAZ DE COMPRENDER LO QUE HA HECHO O ESTO ES MÁS GRAVE DE LO QUE PENSABA!? Me asusta, déjeme decirle que me preocupa más de lo debido. En breve le diré a Carmen que le consiga turno con el Dr. Camelino, él supo tratar a mi sobrino y hoy en día es una nueva persona, enteramente alejada de sus malos hábitos. Por favor, déjeme ayudarlo, se lo pido como amigo.
--Lo peor de todo es que no comprendo cómo se atreve a juzgarme, cuando bien sabe que, no hace mucho tiempo, lo sorprendí en la sala de conferencias, atornillado al culo de Bautista, el que suplía a Sandoval. ¿De esa misma moral me habla? ¡Parecían animales hambrientos! Yo debería denunciarlo a usted ante la lupa de todos los asociados; por acoso sexual, exhibicionismo y sadismo. Aquí mismo, en este "MÍTICO" edificio de Buenos Aires. ¡Me da asco!
--¡Caray! ¿Usted cree que ser puto es peor que comer mierda? ¿¡Ve que está loco!? ¡CARMEN, MUEVA SU CULO HACIA AQUÍ Y DISQUE NÚMEROS!
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