viernes, 24 de junio de 2016

Horror pre-crepuscular


Me hallé ladeando las vías del tren, aquellas abandonadas por siempre en el sepulcro de la noche, justo en la empinada montañosa del valle. A un lado, donde se suponía que debía estar la cancha de fútbol, cuyo terreno es el polvo y, su mejor paisaje, los árboles, había un predio impetuoso; vasto, oscuro y asido a un epílogo inconexo que no logré comprender. A la lejanía de ese abismo, noté una solitaria estructura de piedra; era un edificio con nichos, idéntico a los que vi la noche en que vagué en un cementerio. ¿Cuánto tiempo había transcurrido? Era sólo eso: una edificación minúscula y amarillenta centrada en la oscuridad. Sin embargo, la simple imagen me llenaba de espanto e ideas desproporcionadas; sentía que desde allí me observaban, escrutándome con profundo desprecio y tenacidad, dentro de un misterio demasiado horrible; no creo que esos ojos fuesen humanos, demoníacos, ni espectrales.

       Se trataba de otra cosa; un arcano supremo que va más allá de las pirámides, de las religiones, de los templos, del cosmos y de las propias estrellas. Me estremecí, como un rayo que abre al océano en dos, y vi cómo mis gatos salían de esa tenebrosidad maldita a través de unos finos barrotes de hierro, que no había percibido hasta ese entonces. Dejaban atrás la reja y venían a mi encuentro, meciendo las colas en el gélido aire con una elegancia brusca e impensada. ¿Cómo yo podía estar tan aterrado, y ellos tan sosegados? Agarré a Bibi, la cobijé fuerte y mi corazón fulguró, luego vino Pelusón e hice lo mismo; Poe y Marilú se treparon por mi pierna hasta alcanzar la altura de mi abdomen. ¿En dónde estaba Arévalo? No lo veía, primero muerto antes que irme sin mis gatos, pensé. Casi enloquezco cuando me percaté de que no podía agarrarlos a todos, me era imposible, seguían atravesando el portón desgarbado; primero diez, después quince, y por último veinte gatos; entrando y saliendo, paseándose entre dimensiones ajenas a cualquier razonamiento. Los que ya tenía encima se me escurrían y volvían a ése pútrido nido de cenizas que me inundaba de pavor. Miré mis brazos, mis manos, analicé mis uñas y creí reconocer unos pelos blancos, de Junior, posiblemente; ya ninguno estaba conmigo.

Levanté la cabeza y mis ojos se clavaron una vez más en las tinieblas, nebulosas y ciertamente sádicas; una cola lánguida y sofisticada se perdía en ella, como evaporada de pronto. Arriba, en un cielo ausente, la luna menguante parecía de cartón; desligándose por completo de los inconvenientes de un simple mortal encadenado a su propias fantasías. Grité, y en lugar de convertirme en un hipotético hombre lobo, me desperté.

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